Quién soy: veintidós años de peluquería en Tomelloso
Soy Nerea. Nací en Tomelloso en el 71 y aquí sigo. Fui peluquera veintidós años, y lo que sé de la gente lo aprendí en el sillón. Las cartas me las enseñó Encarna, una clienta de los jueves.
Tomelloso
Soy la pequeña de tres hermanas. Mi padre trabajaba en una destilería y mi madre en casa, y en mi familia nadie echaba las cartas. Ni mi abuela, ni ninguna tía, ni nadie: lo mío no viene de herencia.
Tomelloso es un pueblo grande de La Mancha, de bodegas, de bombos de piedra entre las viñas y de un calor en agosto que no se lo deseo a nadie. Aquí he vivido siempre.
Aprendiza a los dieciséis
A los dieciséis entré de aprendiza en una peluquería de mi barrio, y al poco me quedé con el local. Estuve veintidós años, hasta 2009.
Por una peluquería de pueblo pasa todo el mundo y se cuenta todo. Y no es como en la ciudad: en el pueblo te conocen a ti, a tu madre y a tu suegra. Lo que se cuenta en el sillón no se puede contar en ninguna otra parte, y yo no lo he contado nunca.
Ahí aprendí tres cosas que me sirven todos los días. A escuchar sin juzgar. A no repetir nada. Y a no asustarme con nada de lo que me cuenten: cuando alguien me dice algo que le da vergüenza, no pestañeo. Por eso lo primero que digo en una consulta es «dime lo que sea, que yo no me asusto de nada».
Encarna y su baraja
Encarna venía los jueves. Mientras se le secaba la permanente, sacaba su baraja española y me enseñaba a leerla, a ratos, entre cliente y cliente. Los palos primero, luego las figuras, luego cómo se leen juntas.
En 1999, cuando las manos ya no le daban para barajar, me dejó la suya. Es la que sigo usando: una baraja de cuarenta y ocho cartas de las de toda la vida, con los bordes redondeados del uso, que guardo en una lata de pastillas.
Lo que se pregunta en un pueblo
Durante diez años eché las cartas en la peluquería, después de cerrar, a clientas y vecinas. Y enseguida vi que en un pueblo no se pregunta solo por el amor.
Se pregunta por el trabajo del marido. Por el negocio que no arranca. Por la cosecha. Por las oposiciones de la hija. Por si vender las tierras. De ahí que lo mío sea lo práctico: las cosas de comer también se preguntan.
En 2009 cerré la peluquería y me dediqué a las cartas, primero por teléfono. Y hasta hoy.
Julián, Álvaro y Cristina
Me casé con Julián en el 93. Conduce el autobús de línea entre Tomelloso y Ciudad Real. Tenemos dos hijos ya mayores: Álvaro, que nació en el 95 y vive en Madrid, y Cristina, del 98, que está en Ciudad Real.
Las tijeras de la peluquería siguen en el cajón. No le corto el pelo a nadie desde 2009, salvo a Julián. Y yo me sigo haciendo el pelo cada dos semanas, que una ha sido peluquera y eso se nota.
La salita
Leo desde la salita de mi casa, una casa baja con patio. Una mesa camilla con faldas de terciopelo granate, ya gastado, y su brasero, que es eléctrico desde hace años. Dos sillas de enea, un sillón orejero, un aparador con las fotos de los hijos y un reloj de pared que suena a las horas.
La ventana da a la calle, con su visillo, y la otra puerta, al patio de los geranios. Por las tardes entra una luz amarilla, quieta, que es la mejor hora para echar las cartas. Ni velas ni incienso: es la salita de una casa de pueblo.
Tengo un cuaderno de tapas de cartón donde apunto el nombre de pila de quien me llama y su pregunta. Nada más. Lo que me cuentas se queda en la salita, como se quedaba en el sillón.
Dime lo que sea
Por teléfono, aparte y de pago, todos los días a cualquier hora.